Esta pieza es un homenaje al primer latido que reconocí como amor: el de mi padre.
Él dedicó su vida a cuidar corazones, y aún después de su partida, el suyo sigue latiendo en cada trazo, en cada punto que dibuja el mío.
Con manos de médico y alma de padre, dejó en mí una huella que no se apaga. Esta obra es un intento de sostener lo invisible, de abrazar el ritmo eterno de su presencia.
Porque aunque ya no esté, su corazón sigue hablando en el mío.
Y cada latido… es también suyo.






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